
Y aquí sigo haciendo anotaciones en el libro de la vida. En este compendio de mentiras y verdades, de triunfos y fracasos, de tanto engaño desengañado, matizando de vez en cuando con un relato, una leyenda cierta o inventada.
Y es por eso que te invento, Elisenda.
Elisenda Arribaxtabarranechea Buenaño a quien, por su condición de estar muy cercana al suelo, llamaban “la chata”, “la chiquitina” o “la bella enana”.
Y en verdad era bella. Por fuera y por dentro. Su escasa estatura no impedía unas proporciones perfectas. Destacaban en su blanca piel unos pequeños lunares estratégicamente ubicados, y en su rostro unos enormes ojos color mar, igual de profundos.
Tenía entonces 39 años y estaba a punto de ver nacer un nuevo siglo.
Mucho antes de la primera guerra, Elisenda, mujer de gran riqueza cultural y monetaria, se vio atrapada en la lectura de Marco Polo y sus viajes. Pero en especial por un lugar, Constantinopla, la antigua Bizancio... Estambul.
Bizancio por el conquistador Byzas, allá por el 650 a.C. y Constantinopla por el emperador romano Constantino el Grande.
Cuantas culturas e ideales alimentaron a la hoy conocida Estambul. Romanos, Persas, Árabes, Cristianos y el otrora poderoso imperio Otomano.
Con un corazón bailando de emoción, se embarcó Elisenda en un barco de vapor, impulsado por dos enormes ruedas y el crujir de maderas.
La entrada por el estrecho del Bósforo fue de ensueño, pero lo fue aún mas la llegada al puerto Cuerno de Oro por el mar de Marmara.
La imponente Mezquita Azul le daba la bienvenida, velada por una densa atmósfera de humedad y esencias.
link link Gentes que le resultaron exóticas hacían de la ciudad un hormiguero, mientras ella se dirigía al pintoresco hotel ubicado en la Gran Rue de Pera, lujosa avenida netamente europea.
link Visitó cada rincón de Estambul con especial interés y ansiedad, pero se reservó hasta último momento la visita al Gran Bazar y el Bazar Egipcio.
Vio reflejados los caprichos de Sultanes en la Mezquita de Ahmet (Mezquita Azul). La Mezquita de Solimán el Grande, mandada a construir por el propio Sultán Solimán. La imponente Mezquita de Santa Sofía, construida sobre las ruinas de otra iglesia, allá por el año 406.
Cada edificio con su propia historia de creencias, de gobiernos y desgobiernos, de sultanatos, imperialismos y el revuelo cívico de tanto cambio por mas de mil años.
Esa maraña de acontecimientos y mezclas culturales, daban forma a la ciudad de Estambul con su variedad de tonos y colores.
Tuvo Elisenda la fortuna de ver el Palacio Topkapi, poco antes de ser abandonado, y asistir a la reinauguración de la Cisterna de Yerebatan, cuyas aguas relataban la historia de asedios y supervivencia.
link link link No pudo evitar una lágrima ante la emoción que le proporcionó la iglesia o Mezquita de Santa Sofía.
link link Como extranjera importante acudió a galas en el Palacio de Dolmabahçe, en el Palacio de Beylerbeyi, y fracasó en el intento de visitar a un amigo apresado en la Torre Galata.
Observando desde la costa la Torre de Leonardo, recordó la leyenda que le da nombre.
Leonardo, enamorado de la sacerdotisa Hero, atravesaba a nado el Bósforo cada noche para llegar a los brazos de su amada, quien encendía una antorcha para guiarle en la travesía. Una noche la teca se apagó y Leonardo murió ahogado.
Hero, entristecida, se arrojó al mar y corrió idéntica suerte.
Que triste puede ser el amor, pensó Elisenda, y apartó la mirada que se le estaba nublando de recuerdos.
En el barrio de Fatih, se sintió extasiada con la frenética danza de los Derviches.
Giros y mas giros, una mano hacia arriba en contacto con el cielo, la otra hacia abajo en contacto con la tierra.
De regreso al hotel escribiría Elisenda en una carta sin destinatario:
“Girando sobre su eje aquellos hombres, ataviados con faldas y bonetes, perdían su condición humana y se convertían en etéreas figuras en contacto con Dios, y Dios con la Tierra”.
Una mañana soleada recorrió la “Gran Rue de Pera” sin atender a sus exquisitos escaparates y por fin llegó al Gran Bazar.
Aquello era un mundo dentro de otro mundo. Brillos y colores, objetos inimaginables, mil calles empeñadas en desorientar.
Disfrutó Elisenda de las interminables horas, deseando no encontrar nunca la salida.
link link En su diario de viaje, Elisenda escribió:
“Mandado construir en 1452 por el Sultán Mehmet II “el conquistador”, el bazar tiene mas de 4000 tiendas, 2195 talleres, 497 telares, 12 almacenes, 18 fuentes que calman la sed del viandante, 12 mezquitas pequeñas y una grande, una tumba y deliciosos locales para tomar el té.
Mientras camino disfruto de las maravillas artesanales, las joyas y las baratijas.
Esto es una maraña de torre de Babel donde identifico varios idiomas, entendidos por todos en el regateo.
Me transporto a los tiempos de Marco Polo e imagino el trajinar de mercaderes con nuevos productos descubiertos en la lejana China. La seda, el papel, las esencias y especias egipcias. Entonces me detengo, intento orientarme, y me dirijo al Bazar Egipcio.
Por el camino, un extraño hombre con una inmensa tetera por mochila, hace una reverencia mientras llena un vaso con té y me lo ofrece. Asombrada no se que hacer, el hombre me sonríe con tres dientes, coge mi mano, la besa y se da por bien pagado.
Descubro especias jamás imaginables, de olores exquisitos y sabores que, en algunos casos, suplantarían perfectamente la mecha de un arcabuz.Mas allá los perfumes, exóticos, empalagosos, embriagadores.
Me encuentro sumergida en las Mil y una Noches... pero despierto.
El olor picante y mortecino de la pólvora, otro descubrimiento igual de antiguo, me trae a la realidad.Unos kilos de este elemento sería suficiente para acabar con todo lo visitado.
Y me invade la tristeza.”.
Dieciséis años después de su exótico viaje, en plena guerra mundial, recordaría Elisenda Arribaxtabarranechea Buenaño estas últimas palabras escritas en su polvoriento diario de viaje.
Por desgracia para quienes la conocieron, y por suerte para ella, no volvería a recordarlas años mas tarde. Marchó de viaje al Olimpo en la Navidad de 1934.